sábado, 10 de diciembre de 2011

UN CUERPO SIN ALMA

UN CUERPO SIN ALMA
 















Es la advertencia de Juan Pablo II, y cita en ella a Pablo VI. Sin la contemplación de los Misterios, el Rosario es como un cuerpo sin alma, palabrería sin sentido. A ese hablar por hablar, o simplemente para escucharnos nosotros mismos, estamos tan acostumbrados que nos termina pareciendo lo normal. No escuchamos al otro, incluso ni le oímos, hablamos y hablamos pero no decimos nada. Hablar solo tiene sentido cuando nos pone en comunicación con el otro, con los demás. Hablar y escuchar, escuchar y hablar, eso es diálogo.
 
También con Dios hablamos y hablamos, pero no comunicamos. Solo oímos (y solo algunas veces) lo que nos dice, pero sin interiorizarlo, sólo con los oídos, sin dejar que entre en nuestra mente. Cristo puede hacer suyas las palabras de Isaías y de Juan "soy una voz que grita en el desierto", ese desierto son nuestros corazones y  mentes, llenos de ruido, llenos de mensajes insustanciales, somos la era de la aparente comunicación, suenan a todas horas los teléfonos con SMS, con Whatsapp, con todo lo que la tecnología ha puesto a nuestro alcance. Ya no hay que ver al otro, nos conformamos con unas cuantas palabras, escritas con prisa, con abreviaturas, con faltas de ortografía, sin gramática, sin caligrafía (mi letra ya no es mía, la ponen por mí). Todo lo que debería habernos servido para mejorar la comunicación, es decir poder "hablar más y mejor" con el que está lejos, o con quien no puedo ver, ha terminado sirviendo para no tener que ver a quien hablo y, en la mayoría de los casos, para no decir nada. Escribimos un mensaje y no sabemos cuándo lo lee el otro, si realmente lo lee o sólo lo abre y  ni lo mira; escribimos uno nuevo cuando todavía no nos han contestado al anterior. 
 
Cita Juan Pablo II nuevamente a Pablo VI cuando nos dice que: el Rosario «corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso».

A Cristo lo tenemos siempre junto a nosotros, en Cristo vemos a Dios, no nos hace falta los SMS, ni los Whasapp. El Rosario es la placida conversación entre  Padre e hijo, entre hijo y Padre, entre hermanos y amigos, que se escuchan y se hablan, que se miran cara a cara, que se consultan y se ayudan, que se regañan y se aman, y todo ello mutuamente.
 
Francisco Castillo Álvarez
DOMINICOS SEGLARES DE CANDELARIA
 
De la Carta Apostólica "ROSARIUM VIRGINIS MARIAE" sobre el Rosario, Juan Pablo II.

María modelo de contemplación
La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 7).
Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? » (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la 'parturienta', ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).
Los recuerdos de María
María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: « Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón » (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el 'rosario' que Ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal.
Y también ahora, entre los cantos de alegría de la Jerusalén celestial, permanecen intactos los motivos de su acción de gracias y su alabanza. Ellos inspiran su materna solicitud hacia la Iglesia peregrina, en la que sigue desarrollando la trama de su 'papel' de evangelizadora. María propone continuamente a los creyentes los 'misterios' de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el Rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María.
El Rosario, oración contemplativa
El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza».
Es necesario detenernos en este profundo pensamiento de Pablo VI para poner de relieve algunas dimensiones del Rosario que definen mejor su carácter de contemplación cristológica.

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