martes, 27 de diciembre de 2011

PRIMER MISTERIO DE GOZO: LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS







PRIMER MISTERIO GOZOSO
LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS.
EL ANUNCIO DE QUE MARÍA SERÁ LA MADRE DE JESÚS:

En tiempo del Rey Herodes, Dios envió al sexto mes, al Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, para anunciarle a una joven de nombre María, prometida de un hombre llamado José de la familia de David. El ángel le dijo: Alégrate, tú  la amada y favorecida, llena de gracia, el Señor está contigo. Estas palabras le asustaron y se preguntaba que quería decir ese saludo. El ángel le dice: no temas María porque has hallado gracia delante de Dios, vas a quedar embarazada y darás a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús. El será grande entre los hombres y será llamado Hijo del Altísimo, Dios le dará el trono de David su antepasado. Gobernará por siempre al pueblo de Jacob por los siglos de los siglos, y su reino no tendrá fin. María respondió al ángel, ¿Como será eso, puesto que no conozco varón? El ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por eso, el que va a nacer será Santo, y será llamado Hijo de Dios.

Isabel tu pariente ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, “porque ninguna cosa es imposible para Dios”, dijo María: “He aquí la esclava del Señor hágase en mi según tu palabra”, y el ángel se fue.
José al enterarse que María estaba embarazada, no quería ponerla en evidencia y la repudiaba en silencio. El ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José hijo de David, no temas en tomar a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo, dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque el salvará a su pueblo de sus pecados. Despertado José de su sueño hizo como el ángel del Señor le había mandado y tomó consigo a su mujer, dio a luz un hijo y le puso por nombre Jesús.

Todo eso sucedió para demostrar su cumplimiento de la palabra de Dios. Desposada con José, María es todavía virgen y es posible que quiso seguir siéndolo. Hoy comienza nuestra salvación que se nos revela el misterio eterno. El hijo de Dios se hace hijo de la Virgen, por eso nosotros aclamamos con él a la madre del Señor.
“DIOS SE SALVE, LLENA DE GRACIA, EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO”

Reflexión: sepamos aceptar la voluntad de Dios, aunque no la entendamos, como aceptó María.

ISABEL HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ
DOMINICOS SEGLARES DE CANDELARIA


sábado, 10 de diciembre de 2011

FORMATEÁNDONOS EN CRISTO


A la oración incesante es a lo que todo cristiano debe aspirar. Orar en cada acto de nuestra existencia. Orar trabajando, paseando, haciendo deporte, o en cualquier otra situación que nos encontremos. La oración incesante nos mantiene unidos a Cristo, cada día mas unidos, hasta que no sólo los actos externos e internos son en y con Cristo, también cada respiración, cada latido del corazón. Siguiendo con el símil informático del título: la oración continua, incesante, nos configura en Cristo. Como dice la gran doxología “por Cristo, con El y en El”.
En el Rosario, magnífico ejemplo e instrumento de oración, podemos trabajar la oración incesante, esa que no solo es vocal, esa que se hace con cada “pensamiento, palabra y obra”, esa oración que nos une e inserta, que nos incorpora a Cristo.
Los Misterios del Rosario nos ayudan a “formatear” nuestra fe. La fe auténtica está basada en el conocimiento, tenemos que conocer la vida de Cristo, también está basada en el entendimiento y la razón, hemos de entender a Cristo y razonar con Él. Sólo viviendo, pensando y sintiendo como Cristo hizo y hace, podemos vivir “en Cristo, con El y en El”.
La contemplación de los misterios es el formateo de nuestra vida cristiana, nos permite detectar y reparar los errores del “disco duro”, nos facilita reutilizarlo o reescribirlo con nueva información.

Informática : El formato de disco, formateado o formato (del latín forma, la forma) es un conjunto de operaciones informáticas, independientes entre sí, físicas o lógicas, que permiten restablecer un Disco duro, una partición del mismo o cualquier otro dispositivo de almacenamiento de datos a su estado original, u óptimo para ser reutilizado o reescrito con nueva información. 

Francisco Castillo Álvarez



 

De la Carta Apostólica sobre el Rosario “Rosarium Virginis Mariae”, publicada por Juan Pablo II:

Recordar a Cristo con María
La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La Biblia es narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su culmen en el propio Cristo. Estos acontecimientos no son solamente un 'ayer'; son también el 'hoy' de la salvación. Esta actualización se realiza en particular en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a cabo hace siglos no concierne solamente a los testigos directos de los acontecimientos, sino que alcanza con su gracia a los hombres de cada época. Esto vale también, en cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: «hacer memoria» de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección. 
Por esto, mientras se reafirma con el Concilio Vaticano II que la Liturgia, como ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo y culto público, es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza», también es necesario recordar que la vida espiritual « no se agota sólo con la participación en la sagrada Liturgia. El cristiano, llamado a orar en común, debe no obstante, entrar también en su interior para orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5, 17) ». El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración 'incesante', y si la Liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia. 
Comprender a Cristo desde María
Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.
Configurarse a Cristo con María
La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).
En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto». Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente y completamente singular», es al mismo tiempo 'Madre de la Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia.


El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo». Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus.  Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo».[22] De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo!
Anunciar a Cristo con María
El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador.

VER A CRISTO CARA A CARA


VER A CRISTO CARA A CARA






"Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón".

Estas palabras de Juan Pablo II dan su mas alto sentido al rezo del Rosario. Contemplamos a Cristo con Maria, con "los ojos de Maria", y en Cristo contemplamos a nuestro prójimo, al que está cerca de ti, a tu alcance. Prójimo significa próximo, cerca de nosotros, a nuestra vista. A ese cristo que esta junto a nosotros es al que quiere Cristo que miremos "lo que hiciste a tu prójimo a mi me lo has hecho, lo que no le hiciste a mí no me lo has hecho" Mateo 25, 35-44. Tambien contemplamos nuestra propia realizacion personal y espiritual. En los misterios vemos, "contemplamos", a Cristo-ventana, por la que miramos a los demás; a Cristo-puerta, por la que salimos a los demás y los dejamos entrar; a Cristo-espejo, en el que mirando de verdad veo mi verdad y la puedo contrastar con la Verad.

Francisco Castillo Alvarez
DOMINICOS SEGLARES DE CANDELARIA

 


 







CARTA APOSTÓLICA, ROSARIUM VIRGINIS MARIAE, DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
 
El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización».
El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor.
Los Romanos Pontífices y el Rosario
 A esta oración le han atribuido gran importancia muchos de mis Predecesores. Un mérito particular a este respecto corresponde a León XIII que, el 1 de septiembre de 1883, promulgó la Encíclica Supremi apostolatus officio, importante declaración con la cual inauguró otras muchas intervenciones sobre esta oración, indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. Entre los Papas más recientes que, en la época conciliar, se han distinguido por la promoción del Rosario, deseo recordar al Beato Juan XXIII y, sobre todo, a PabloVI, que en la Exhortación apostólica Marialis cultus, en consonancia con la inspiración del Concilio Vaticano II, subrayó el carácter evangélico del Rosario y su orientación cristológica.
 Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana ».
…, para exhortar a la contemplación del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima Madre. Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo.
 El Rosario, comprendido en su pleno significado, conduce al corazón mismo de la vida cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda espiritual y pedagógica, para la contemplación personal, la formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización. Objeciones al Rosario
 Hay quien piensa que la centralidad de la Liturgia, acertadamente subrayada por el Concilio Ecuménico Vaticano II, tenga necesariamente como consecuencia una disminución de la importancia del Rosario. En realidad, como puntualizó Pablo VI, esta oración no sólo no se opone a la Liturgia, sino que le da soporte, ya que la introduce y la recuerda, ayudando a vivirla con plena participación interior, recogiendo así sus frutos en la vida cotidiana.

Vía de contemplación
Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia 'pedagogía de la santidad': «es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración». Mientras en la cultura contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en «auténticas escuelas de oración». El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano.
Oración por la paz y por la familia
Al inicio de un milenio que se ha abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001 y que ve cada día en muchas partes del mundo nuevos episodios de sangre y violencia, promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que «es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano.

UN CUERPO SIN ALMA

UN CUERPO SIN ALMA
 















Es la advertencia de Juan Pablo II, y cita en ella a Pablo VI. Sin la contemplación de los Misterios, el Rosario es como un cuerpo sin alma, palabrería sin sentido. A ese hablar por hablar, o simplemente para escucharnos nosotros mismos, estamos tan acostumbrados que nos termina pareciendo lo normal. No escuchamos al otro, incluso ni le oímos, hablamos y hablamos pero no decimos nada. Hablar solo tiene sentido cuando nos pone en comunicación con el otro, con los demás. Hablar y escuchar, escuchar y hablar, eso es diálogo.
 
También con Dios hablamos y hablamos, pero no comunicamos. Solo oímos (y solo algunas veces) lo que nos dice, pero sin interiorizarlo, sólo con los oídos, sin dejar que entre en nuestra mente. Cristo puede hacer suyas las palabras de Isaías y de Juan "soy una voz que grita en el desierto", ese desierto son nuestros corazones y  mentes, llenos de ruido, llenos de mensajes insustanciales, somos la era de la aparente comunicación, suenan a todas horas los teléfonos con SMS, con Whatsapp, con todo lo que la tecnología ha puesto a nuestro alcance. Ya no hay que ver al otro, nos conformamos con unas cuantas palabras, escritas con prisa, con abreviaturas, con faltas de ortografía, sin gramática, sin caligrafía (mi letra ya no es mía, la ponen por mí). Todo lo que debería habernos servido para mejorar la comunicación, es decir poder "hablar más y mejor" con el que está lejos, o con quien no puedo ver, ha terminado sirviendo para no tener que ver a quien hablo y, en la mayoría de los casos, para no decir nada. Escribimos un mensaje y no sabemos cuándo lo lee el otro, si realmente lo lee o sólo lo abre y  ni lo mira; escribimos uno nuevo cuando todavía no nos han contestado al anterior. 
 
Cita Juan Pablo II nuevamente a Pablo VI cuando nos dice que: el Rosario «corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso».

A Cristo lo tenemos siempre junto a nosotros, en Cristo vemos a Dios, no nos hace falta los SMS, ni los Whasapp. El Rosario es la placida conversación entre  Padre e hijo, entre hijo y Padre, entre hermanos y amigos, que se escuchan y se hablan, que se miran cara a cara, que se consultan y se ayudan, que se regañan y se aman, y todo ello mutuamente.
 
Francisco Castillo Álvarez
DOMINICOS SEGLARES DE CANDELARIA
 
De la Carta Apostólica "ROSARIUM VIRGINIS MARIAE" sobre el Rosario, Juan Pablo II.

María modelo de contemplación
La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 7).
Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? » (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la 'parturienta', ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).
Los recuerdos de María
María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: « Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón » (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el 'rosario' que Ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal.
Y también ahora, entre los cantos de alegría de la Jerusalén celestial, permanecen intactos los motivos de su acción de gracias y su alabanza. Ellos inspiran su materna solicitud hacia la Iglesia peregrina, en la que sigue desarrollando la trama de su 'papel' de evangelizadora. María propone continuamente a los creyentes los 'misterios' de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el Rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María.
El Rosario, oración contemplativa
El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza».
Es necesario detenernos en este profundo pensamiento de Pablo VI para poner de relieve algunas dimensiones del Rosario que definen mejor su carácter de contemplación cristológica.

lunes, 5 de diciembre de 2011

LETANIAS Y JACULATORIAS

Letanías y Jaculatorias.

Jaculatoria significa flecha pequeña o dardo. Se trata de oraciones cortas, tanto de alabanza como de suplica, ejemplos de ellas son: "Ave María Purísima…", "María, madre de Gracia….", "Corazón de Jesús, en vos confió". También se usaron y usan como saludo entre religiosos y entre seglares: "a la paz de Dios",  "Dios te guarde", "Paz y bien", etc. Las letanías son oraciones por si mismas, las hay de súplica y de alabanza, letanía significa rogativa.

Se caracterizan por tener concordancia, seguir un esquema ordenado y secuencial, y por tener respuesta, a cada frase-oración de la secuencia, que dice el versiculario se le responde con una misma frase (responsal), ejemplo de ello es la letanía Lauretana “V/. Santa María  R/. ruega por nosotros”.
Las letanías llegaron a ser tantas, y muchas de ellas de dudosa ortodoxia, que en 1601 el Papa Clemente VIII prohibió todas, con excepción de las incluidas en el Misal, el Breviario, y las que se decían en la Basílica santuario  de la Santa Casa, conocido como de Loreto (lauretanas) por estar en esta ciudad italiana.

El Papa León XIII le dedicó once encíclicas al Rosario, en una de ellas publicada en 1883, recomendó que durante el mes de octubre (mes del Rosario) se dijera la letanía Lauretana después del rezar el Rosario. Este hecho ha devenido en creer que la letanía es una parte o un apéndice del Rosario, siendo en realidad dos oraciones independientes, que pueden rezarse juntas o no. Las letanías son oraciones puramente vocales y, por su propia estructura, mas adecuadas para ser dichas en procesiones o de forma coral en las solemnidades para las que están creadas.
 
De la naturaleza misma del Rosario, como oración fundamentalmente contemplativa, han hablado tanto Pablo VI, como Juan Pablo II.

Después del concilio Vaticano II, Pablo VI publicó la EXHORTACIÓN APOSTÓLICA MARIALIS CULTUS PARA LA RECTA ORDENACIÓN Y DESARROLLO DEL CULTO A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, en ella hay una sección dedicada al Rosario, de esta adjunto mas adelante algunos párrafos especialmente significativos. En ellos se establece y define el cuerpo del Rosario, son muy interesantes las indicaciones de Pablo VI y nos pueden orientar en la confusión que se crea entre jaculatorias, letanías y rosario. Todas ellas son oraciones, con su propia importancia y uso, tal vez la costumbre de mezclarlas les reste oportunidad, significado y esplendor a cada una.
E.A. Marialis Cultus (la numeración que precede al párrafo es la que corresponde en el texto de la Exortacion):

43. Nuestro asiduo interés por el Rosario nos ha movido a seguir con atención los numerosos congresos dedicados en estos últimos años a la pastoral del Rosario en el mundo contemporáneo: congresos promovidos por asociaciones y por hombres que sienten entrañablemente tal devoción y en los que han tomado parte obispos, presbíteros, religiosos y seglares de probada experiencia y de acreditado sentido eclesial. Entre ellos es justo recordar a los Hijos de Santo Domingo, por tradición custodios y propagadores de tan saludable devoción. A los trabajos de los congresos se han unido las investigaciones de los historiadores, llevadas a cabo no para definir con intenciones casi arqueológicas la forma primitiva del Rosario, sino para captar su intuición originaria, su energía primera, su estructura esencial. De tales congresos e investigaciones han aparecido más nítidamente las características primarias del Rosario, sus elementos esenciales y su mutua relación.
44. Así, por ejemplo, se ha puesto en más clara luz la índole evangélica del Rosario, en cuanto saca del Evangelio el enunciado de los misterios y las fórmulas principales; se inspira en el Evangelio para sugerir, partiendo del gozoso saludo del Ángel y del religioso consentimiento de la Virgen, la actitud con que debe recitarlo el fiel; y continúa proponiendo, en la sucesión armoniosa de las Ave Marías, un misterio fundamental del Evangelio —la Encarnación del Verbo— en el momento decisivo de la Anunciación hecha a María. Oración evangélica por tanto el Rosario, como hoy día, quizá más que en el pasado, gustan definirlo los pastores y los estudiosos.
49. El Rosario, según la tradición admitida por nuestros Predecesor S. Pío V y por él propuesta autorizadamente, consta de varios elementos orgánicamente dispuestos:
a) la contemplación, en comunión con María, de una serie de misterios de la salvación, sabiamente distribuidos en tres ciclos que expresan el gozo de los tiempos mesiánicos, el dolor salvífico de Cristo, la gloria del Resucitado que inunda la Iglesia; contemplación que, por su naturaleza, lleva a la reflexión práctica y a estimulante norma de vida;
b) la oración dominical o Padrenuestro, que por su inmenso valor es fundamental en la plegaria cristiana y la ennoblece en sus diversas expresiones;
c) la sucesión litánica del Avemaría, que está compuesta por el saludo del Ángel a la Virgen (Cf. Lc 1,28) y la alabanza obsequiosa del santa Isabel (Cf. Lc 1,42), a la cual sigue la súplica eclesial Santa María. La serie continuada de las Avemarías es una característica peculiar del Rosario y su número, en le forma típica y plenaria de ciento cincuenta, presenta cierta analogía con el Salterio y es un dato que se remonta a los orígenes mismos de este piadoso ejercicio. Pero tal número, según una comprobada costumbre, se distribuye —dividido en decenas para cada misterio— en los tres ciclos de los que hablamos antes, dando lugar a la conocida forma del Rosario compuesto por cincuenta Avemarías, que se ha convertido en la medida habitual de la práctica del mismo y que ha sido así adoptado por la piedad popular y aprobado por la Autoridad pontificia, que lo enriqueció también con numerosas indulgencias;
d) la doxología Gloria al Padre que, en conformidad con una orientación común de la piedad cristiana, termina la oración con la glorificación de Dios, uno y trino, "de quien, por quien y en quien subsiste todo" (Cf. Rom 11,36).



50. Estos son los elementos del santo Rosario. Cada uno de ellos tiene su índole propia que bien comprendida y valorada, debe reflejarse en el rezo, para que el Rosario exprese toda su riqueza y variedad. Será, pues, ponderado en la oración dominical; lírico y laudatorio en el calmo pasar de las Avemarías; contemplativo en la atenta reflexión sobre los misterios; implorante en la súplica; adorante en la doxología. Y esto, en cada uno de los modos en que se suele rezar el Rosario: o privadamente, recogiéndose el que ora en la intimidad con su Señor; o comunitariamente, en familia o entre los fieles reunidos en grupo para crear las condiciones de una particular presencia del Señor (cf. Mt 18, 20); o públicamente, en asambleas convocadas para la comunidad eclesial.



FRANCISCO CASTILLO ALVAREZ
DOMINICOS SEGLARES DE CANDELARIA

miércoles, 30 de noviembre de 2011

LA ORACIÓN VOCAL, EL DECENARIO


La oración vocal, el decenario.

Las tres oraciones que se rezan en el decenario, están magistralmente ordenadas para ser camino de afirmación en la Fe y, especialmente, para ser la “música” del silencio necesario para la contemplación entre misterio y misterio.
Si en el rosario pedimos Luz para encontrarnos con y en Cristo, y por medio de la Gracia participar de su Gloria, estamos en respuesta a las palabras de Jesús: Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. (Mateo 7, 7-8)

En el Padrenuestro estamos aprendiendo a orar según Cristo nos enseña, nos indica el modo de comunicarnos con el Padre, esta comunicación con Dios hay que repasarla de continuo, se nos olvida con facilidad su contenido “santificado sea tu nombre….hágase tu voluntad….como nosotros perdonamos”. También estamos aprehendiendo, tomando para nosotros a Dios como Padre, nos reconocemos sus hijos y le reconocemos como Dios.

Las diez Avemarías en sus primeras palabras nos decimos el saludo del ángel a María “salve, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lucas 1, 28), en ese anuncio nos saluda el ángel a cada uno de nosotros y nos prepara para oír el anuncio de la Encarnación que ha de producirse en cada ser humano, en cada cristiano. Cristo se encarna en cada uno de nosotros, nos hace partes de su cuerpo. En el saludo de Isabel esta el reconocimiento y aceptación que hacemos de Cristo, hecho carne de nuestra naturaleza “bendita tu eres entre todas las mujeres” (Lucas 1, 41) y por ese reconocimiento quedo Isabel, y cada uno de nosotros, llenos del Espíritu Santo.
Las avemarías que se rezan en el rosario son la “música”, el suave “runrún” que nos habla de Cristo Dios y hombre. Somos Maria e Isabel y Cristo en todos.
El Gloria es la doxología, la palabra de alabanza. Es una de las oraciones mas antiguas de la Iglesia, con certeza se canta desde el siglo IV. Es fundamentalmente oración trinitaria y un canto de reconocimiento a la Majestad Eterna (como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos). Es en si misma un acto de adoración, por ello es costumbre inclinar la cabeza cuando se menciona a la tres Personas de la Trinidad juntas, en especial durante la Misa (IGMR, canon 275).

Sobre todas las formas de oración:

Mateo 6, 7-14: al orar no repitan palabras inútilmente, como hacen los paganos, que se imaginan que por su mucha palabrería Dios les hará mas caso. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.  Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal. Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.


Francisco Castillo Álvarez
Dominicos Seglares de Candelaria

martes, 29 de noviembre de 2011

ORAR EL MISTERIO


Los Misterios del Rosario
Dice el diccionario que misterio es “cosa inaccesible a la razón y que debe ser objeto de fe”. San Alberto Magno, OP., no enseña a utilizar la razón, en todo y, sobre todo, en materia de Fe. Nos dice que por medio de la razón puede conocerse a Dios; todo lo creado procede de Dios, la Causa (Dios) tiene su reflejo en lo causado (creaturas), por ello en lo causado tenemos, aunque pequeños, magníficos reflejos de la Causa.
Siguiendo con san Alberto podemos afirmar que en los Misterios del Rosario, en la Palabra de Dios que contienen, vemos el plan divino de la Gracia. En esos relatos del nacimiento, vida, muerte, resurrección y glorificación de Jesús, vemos el Amor y, si los miramos con la razón, su Causa.



A la pregunta de Tomas Jesús responde: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».  Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».  Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen?. El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: «Muéstranos al Padre»?  ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. (Juan 14, 6-11)

Como en la Lectio Divina debemos seguir los pasos que nos llevan a la contemplación, estos son la lectura, meditación, y oración, y en el más puro carisma de santo Domingo, a dar lo contemplado, es decir amar a Cristo y vivir el Amor.

Camino sin retorno
Para volver al mismo sitio,
No ya de la misma manera,
Siendo a un tiempo otro y el mismo.
Volvemos al Misterio del que partimos,
Misterio que nos sostuvo mientras vivimos.

Sé, Dios, Tu mismo en nosotros.
Encarnado compañero que te hiciste peregrino,
Dios del amor y de la vida,
Que recorriste, como nosotros, este mismo camino.

Lectura del misterio: se debe hacer completa, una o dos frases no contienen toda visión de un texto, más aun cuando ese texto relata un momento transcendente de la historia de la salvación. La propia lectura es conversación, diálogo entre Dios y el hombre, es Palabra de Dios.



Meditación del misterio: a la meditatio se le llama también ruminatio. Hace referencia a la rumia de algunos animales que, para sacar todo el alimento al pasto que comen, mastican y digieren, vuelven a traerlo a la boca y comienzan de nuevo. Rumiar La Palabra es entrar en ella y releerla hasta sacarle toda la “sustancia”.

Orar el misterio: es dejarse llenar de su contenido, vivir en primera persona su historia, unirse a Cristo y dejarse llenar de él. Sentarte junto a María en La Anunciación, adorar en el pesebre de Belén, ser el cirineo. También entender si eres coronado de espinas o eres de los que azotan, si eres de los que gritan “crucifícalo” o estas pidiéndole desde tu cruz que se acuerde de ti, si eres de los que esperan la Resurrección o de los que vigilan la tumba para que no se hable de la Gracia.



Contemplar el misterio: es la conversación, el diálogo, íntimo entre Dios y tu. En la contemplación Dios nos habla con las palabras que hemos leído, meditado y orado, y con las mismas nosotros hablamos con El. La Palabra es el lenguaje en que se habla con Dios.
Dar lo contemplado es amar con el Amor que nos ama. Es dar a los demás del alimento con que nos hemos alimentado, practicar la misericordia, compartir a Cristo en Cristo.

Francisco Castillo Álvarez
Dominicos Seglares de Candelaria