viernes, 18 de mayo de 2012

EL CICLO VITAL: JESUS MUERE EN LA CRUZ 5º MISTERIO DE DOLOR






5º misterio de dolor: Jesús muere en la Cruz.

Mt 27,50; Mc 15,37; Lc 23,46-49; Jn 19,30.
Con la muerte de Jesús se completa su ciclo vital como ser humano, morir es condición inseparable de todo lo que vive. Con su muerte se ha cumplido la Escritura, cumplido en sus dos acepciones: que lo anunciado es verdad y que se ha completado. La muerte es solo un proceso biológico, uno más, inseparable de la concepción y nacimiento, es difícil, muy difícil de establecer, aún hoy se sigue debatiendo sobre su definición, sobre en qué momento se deja de estar vivo y se comienza a ser muerto. Durante mucho tiempo se uso una definición sencilla “la ausencia de signos positivos de vida y presencia de signos positivos de muerte”.

No sabemos en qué momento murió Jesús. Estaba vivo y pidiéndole al Padre “perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34), ofreciéndole al malhechor la Gracia “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23, 43), ocupándose de su madre, en lo terrenal encomendándole a Juan su cuidado, ocupándose de Juan al no dejarlo “huérfano”, ocupándose de nosotros que somos a una vez María y Juan (Juan 19, 26-28); María es la Iglesia, Juan somos cada uno de nosotros. Solos somos Juan (el discípulo amado), juntos María (engendrando a Jesús en espíritu).

Jesús muere en algún momento entre las tres de la tarde (nona) y las seis (duodécima) en ese corto período se producen dos momentos de intensísima relación con el Padre. Su oración personal “Eloí, Eloí, lemá sabactaní” (Marcos 15, 34), son las primeras palabras del Salmo 22, es el Salmo de quien se siente solo y abandonado, de quien no entiende la causa de tanto sufrimiento, con las palabras “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23, 46) da continuidad al salterio, estas palabras son la síntesis del Salmo 23 “el Señor es mi pastor…”. El segundo momento es el inicio de la Nueva Alianza, el Nuevo Pacto, el Testamento que nos hace sus herederos, Jesús lo ratifica con sus palabras “esta cumplido”, se ha cumplido la Antigua Alianza, el antiguo contrato, el acuerdo entre Dios y los hombres de “seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo”.

Con su nacimiento y muerte Jesús ha iniciado una nueva relación entre Dios y la humanidad, la relación de Padre e hijos, de familia, de la misma carne y la misma sangre, del mismo Espíritu. No lo matan, entrega su espíritu. Es la victima voluntaria, es amando y por amor, es perdonando y mediando ante el Padre, para nuestro perdón, como muere.
El velo del templo se rasgó, las tinieblas, los terremotos, todo esto carece de importancia en comparación con la conversión del centurión “verdaderamente este era Hijo de Dios” (Mateo, 27, 54; Marcos 15, 39) “realmente, este hombre era justo” (Lucas 23, 47). Lo primero es fiel reflejo de lo que esperamos todos de Dios, signos visibles, ruido, efectos teatrales, voces de lo alto, apariciones, milagros, algo que nos confirme la presencia de Dios. El centurión ve a Cristo, solo a ese hombre justo; justo en el amplio sentido de la palabra, no al juez, no al justiciero, no al que enumera defectos y pecados, no al que amenaza con el fuego eterno, no al que echa en cara los defectos, no al que dice una cosa y hace la contraria. El centurión sólo ve al hombre que justifica, que perdona, que derrama amor por todas sus heridas, que pone paz donde sólo hay odio, que muere orando y practicando la misericordia. Con la lanzada que certifica su muerte se abre el manantial de la Vida. Estamos acostumbrados a ver las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús, los recientes retratos de La Divina Misericordia, amables y de agradables colores, pero deberíamos mirar más a Cristo crucificado, muerto y sepultado, autentica expresión del Amor infinito de su Corazón, la Divina Misericordia hecha carne mortal en todo ser semejante a los mortales (*)

“Descendió a los infiernos”. No se termina la muerte en la Cruz. Cristo a muerto, aún no ha resucitado, “al tercer día” habrá terminado su muerte y nos debemos preguntar ¿hasta ese momento qué?. En la Liturgia de las Horas, el Oficio de Lecturas tiene como segunda lectura un antiguo sermón, cada Sábado Santo, en el gran silencio de la espera, se lee:

¿Qué es lo que hoy sucede?  Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad.  Un gran silencio, porque el Rey duerme.  La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo.  Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.
Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida.  Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.  Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.

El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos.  Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos.»  Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu.»  Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: “Salid”, y a los que se encuentran en las tinieblas: "iluminaos”, y a los que duermen: “Levantaos.”
A ti te mando: Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos.  Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza.  Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.

Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte el peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.
Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva.  Mi costado ha curado el dolor del tuyo.  Mi sueño te saca del sueño del abismo.  Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.

Levántate, salgamos de aquí.  El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste.  Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti.  Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.

El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.

(*) Nota: del Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia, emitido por Decreto de la Sagrada Congregacion para el Culto Divino y disciplina de los Sacramentos a instancia de SS. Juan Pablo II. 

D. Francisco Castillo Álvarez
Dominicos Seglares de Candelaria